Origen de la matrioska

En este artículo del blog trataremos la historia de Sergei y la muñeca Matrioska, una preciosa historia, cargada de simbolismo y basada en un viejo cuento ruso, cuyo autor es desconocido. Si quieres saber la historia de la matrioska, y conocer la leyenda que hay detrás del origen de la famosa muñeca rusa, te recomendamos leer esta preciosa historia. Esperamos que os guste y que os ayude a conocer cual es el origen de las muñecas rusas, y por qué son tan queridas allí.

Muñeca rusa matrioska de madera

Origen de la leyenda de matrioska

La historia de Matrioska se basa en un antiguo cuento ruso que cuenta la historia de un anciano, muy querido por quienes lo conocieron, que respondía al nombre de Sergei. El viejo Sergei nació, según dice el cuento, en algún lugar cerca de la parte inferior del Volga, en la región del Cáucaso, al igual que lo hicieron sus padres, sus abuelos, y también sus bisabuelos y tatarabuelos. El viejo Sergei dedicó toda su larga vida a trabajar y tallar la madera, ya que era un hábil carpintero. Fabricó desde hermosos muebles de madera hasta juguetes de todo tipo y tamaño, caballos de madera, móviles, silbatos y toda clase de instrumentos de música. Sergei acostumbraba a salir a menudo al bosque, en busca de la madera que posteriormente utilizaría en sus jornadas de trabajo. Sergei escogía la madera con mucho mimo, dedicándole toda su atención. Tal era su experiencia en el oficio que era capaz, de forma muy precisa, de conocer de un simple vistazo para qué sería mejor utilizar cada pedazo de madera que encontraba en el bosque.

La leyenda cuenta que, ese año, cayeron abundantes nevadas cerca de donde vivía Sergei. Nevadas que hacía muchos años que los habitantes del lugar no veían. Una mañana, tras una nevada de varios días, Sergei quiso salir de su cabaña y seguir el camino en dirección al bosque.

Cuando asomaban los primeros rayos de sol todavía hacía un frío que helaba el aliento de cualquiera. En ese momento las hojas y las ramas de los árboles del lugar se encontraban completamente pintadas de color blanco, debido a la nieve. Pese a eso, nuestro viejo carpintero anduvo un largo camino en el que no pudo encontrar nada más que troncos muy pequeños y de mala calidad, y maderos podridos que no iban a servirle más que para darse calor en la chimenea de su pequeña cabaña. Al parecer, los trabajadores de los grandes aserraderos que también trabajaban en ese bosque se le habían adelantado y no habían dejado ningún tronco que el anciano pudiera aprovechar. Cuando todo parecía indicar que ese día iba a ser muy poco productivo para Sergei, el anciano creyó ver algo en un claro del bosque.

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Se fijó Sergei en un pequeño montón de nieve que había a lo lejos, en el claro, y que le había parecido que se había movido. Creyendo que quizá podría tratarse de un animal herido, Sergei se acercó. Al agacharse junto al montículo descubrió bajo la nieve el más brillante tronco que jamás había visto en todos sus años de profesión, pese a que había recorrido ese camino y buscado en ese bosque tantas veces que sería imposible contarlas. La madera, de un tono muy claro, casi blanco, parecía que brillaba bajo la débil luz del sol que la tocaba. En ese momento Sergei creyó ver como del tronco surgía un tenue rayo de vida. Agarró el tronco, lo cubrió con una manta y comenzó a andar el camino de vuelta a su cabaña.

El tronco pesaba más de lo que Sergei había pensado en un principio, y no fue fácil llevarlo de vuelta a la cabaña. El anciano carpintero tuvo que realizar un gran esfuerzo, y una vez hubo llegado, tuvo un nuevo problema. El tronco era tan bello que no encontraba nada qué fabricar con él. Pensó en muchas opciones, pero las descartó rápidamente, pues tenía que ser algo muy especial. Pasaron los días, y el viejo Sergei estaba tan ensimismado que perdió hasta el apetito. Tan obsesionado estaba con aquel pedazo de madera que no podía comer, dormir ni trabajar. No paraba de darle vueltas a la cabeza:

-¿Qué puedo fabricar con éste hermoso tronco? – Se preguntaba Sergei, cada noche, antes de caer rendido por el cansancio.

Una mañana Sergei despertó, más tarde de lo habitual, y por primera vez lo tuvo claro. Se dijo que fabricaría una muñeca, pero no una muñeca cualquiera, sino la muñeca más hermosa que sus ojos habrían visto nunca. Preparó su mesa, agarró sus herramientas de carpintero, y se dispuso para la tarea. Después de colocar el tronco sobre la mesa comenzó a tallarlo con toda la suavidad y delicadeza que pudo, y así pasaron las horas, los días y las semanas. Al acabar el trabajo, Sergei estaba hinchado de orgullo y de alegría al ver terminada su obra por fin. Decidió que la muñeca era tan hermosa que no iba a ponerla jamás a la venta, sino que se la quedaría para sí, para que lo acompañara en su soledad. El anciano bautizó a la muñeca con el nombre de ‘Matryoshka’.

Herramientas de carpintero

Desde entonces, cada día al levantarse Sergei saludaba alegremente y con mucho cariño a la muñeca:

– Buenos días, Matrioska, ¿qué tal has dormido hoy?

Repetía el saludo cada día, pues lo primero que hacía el anciano al despertar cada mañana era acordarse de la muñeca.  Hasta que un día un suave y débil susurro le respondió, en un hilo de voz casi inperceptible:

– Buenos días, Sergei.

Sergei se llevó un susto tremendo. Impresionado, volvió a repetir el mismo saludo, convencido de que se estaba volviendo loco:

– Buenos días, Matrioska.

– Buenos días, Sergei – le contestó de nuevo la muñeca.

El anciano carpintero se acercó a la muñeca totalmente anonadado, para comprobar que era efectivamente ella ésta quien le hablaba y que no estaba perdiendo la cabeza. A partir de esa mañana, Sergei vio acompañados sus solitarios días por la pequeña muñeca Matrioska, quien llenaba esa cabaña de risas y gentiles palabras y lo ayudaba a distraerse de la monotonía de su trabajo diario. Por supuesto, la muñeca, muy tímida, no hablaba cuando había visita, solo se dejaba escuchar cuando Sergei y ella se quedaban a solas.

Pasados unos días, al despertar una mañana, Sergei vió que la muñeca estaba muy triste. Sergei, muy perspicaz, había notado esa aflicción en los ojos de Matrioska desde hacía unos cuantos días, y se acercó a hablar con ella. Tras mucho preguntarle, la muñeca al fin le contó lo que la atormentaba. Resulta que cada mañana veía desde la ventana como jugaban los pájaros con sus crías, y como la loba mimaba a sus lobeznos. Del mismo modo veía a mamá osa acompañada de sus oseznos, y lo mismo sucedía con el resto de animales que vivían en los alrededores del bosque.

– Incluso tú, querido Sergei – continuó la muñeca – tu me tienes a mí, pero yo no tengo a nadie a quien cuidar. Yo también quisiera tener una hija.

– En ese caso, tendría que sacar la madera de tu interior – le contestó Sergei a su amiga – «y eso supondría mucho dolor y sufrimiento para tí, y no sería nada fácil».

La dulce muñeca, muy valiente y decidida a continuar adelante con su decisión, le dijo que eso no la preocupaba en absoluto, ya que en la vida todas las cosas importantes exigen un sacrificio.

De esta manera, según cuenta la leyenda, el viejo Sergei abrió por la mitad a Matrioska, haciéndole un corte trasversal y extrajo con muchísimo cuidado la madera de su interior. Con esa madera se dispuso a construir una nueva muñeca, idéntica a la original, pero de menor tamaño, a la que le puso el nombre de «Trioska». Desde ese día, cada mañana al despertarse Sergei saludaba:

– Buenos días, Matrioska; buenos días a ti también, Trioska. ¿Qué estupenda mañana, verdad?

Sin embargo, pasado un tiempo, sucedió que también Trioska le comunicó a Sergei su deseo de ser madre. El anciano carpintero supo lo que tenía que hacer. Extrajo la madera de su interior al igual que había hecho la otra vez, y fabricó una tercera muñeca con la madera, a la que llamó «Oska». Pasado un tiempo Oska también quiso tener una hija, y al abrirla Sergei se dio cuenta de que había un problema. La muñeca ya era bastante pequeña en comparación, y solo podía aprovechar de su interior un pedazo de madera tan pequeño como un guisante, pero tan blanca y hermosa como cuando la recogió en aquel claro del bosque. Tan solo iba a poder fabricar una muñeca más.

En ese momento  el anciano tuvo una genial idea. Se dirigió a su mesa de trabajo, agarró sus viejas herramientas y fabricó un pequeño muñeco utilizando la madera que le quedaba. Cuando hubo acabado su tarea, fue a por un pincel y algo de tinta y le dibujó a la diminuta muñeca un enorme bigote y la llevó frente a un espejo que había en la cabaña.

– Mira, Ka; tu tienes bigote; eres por tanto un hombre, y no puedes tener un hijo en tu interior»

Entonces abrió a Oska y puso a Ka en su interior. La cerró, abrió a Trioska, y metió a Oska dentro de ella. Cerró entonces a Trioska, abrió a Matrioska y puso a Trioska en en interior de ésta. Dice la leyenda que, un día, Matrioska desapareció de la cabaña sin dejar rastro, y que ninguna persona la encontró jamás. Algunas voces dicen que estará en una tienda de antigüedades, o quizá se encuentre en la estantería de alguna librería. Así termina la historia de Matrioska. Si algún día os encontráis a Matrioska y a su familia, no dudéis en tratarla con todo vuestro cariño y consideración, igual que ella no dudó en llevar a cabo un enorme sacrificio para alcanzar algo tan hermoso como es ser madre.

 

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